
El vendedor de cubanitos
I
No recuerdo la fecha exacta, sólo sé que era invierno. Crudo y gélido, sobre todo aquella tarde. Aquella tarde en la que mi ánimo se mimetizaba a la perfección con el tiempo: nublado, con una llovizna de esquirlas heladas casi imperceptibles; gris, muy gris. Recuerdo haber leído algo sobre Proserpina, su llegada y el florecimiento de la primavera, a lo que sólo pude acotar:
- De nada sirve tu primavera cuando el invierno está aquí adentro, frío y sombrío.
Pensé y repensé mis ideas sobre la soledad y el amor, que parecían, en mí, fundirse en un sólo concepto.
Estas maquinaciones marcaban mi andar cansino, y luego de convencerme con mis propias elucubraciones y argumentos (cosa demasiado sencilla), me topé con él: smoking gris, moño negro, zapatos azabache lustrados impecablemente, y una bandeja en la que sólo quedaba un cubanito con dulce de leche. Estaba parado firme, inmóvil, contra un resquicio de pared entre Interludio y el negocio de video juegos Anita, en la galería La gran vía. Como si hubiese estado esperándome, se dirigió hacia mí, mientras pasaba, pero sin abandonar su puesto:
–No se culpe, usted también se ha ido alguna vez.
Quedé atónito, y luego de escudriñar a la gente que pasaba a mi alrededor, sin percatarse de lo ocurrido, me acerqué lentamente y confundido. Establecimos un breve diálogo:
-¿Perdón?
-Le decía que no se lamente por una partida. El amor, si es amor, siempre regresa.
-¿Y cómo sabe usted que yo venía pensando acerca de eso?
-Me lo dijo su rostro. ¿No ve acaso el mío?
Sonreía levemente.
-Pero yo no estoy sonriendo.
-Eso es porque yo no estoy lamentándome, simplemente acepto la espera.
-¿Y qué es lo que espera?
-Que usted acceda a hacerme una gauchada.
-No sé cómo podría, mi persona, ser de su ayuda…
-Venga mañana a las siete y lo entenderá. ¿Quiere el último cubanito? Se lo regalo.
Tomé el cubanito, todavía presa de la confusión, mientras él comenzaba a irse, silbando un tanguito. Llevaba un clavel rojo en la solapa del saco.
II
Al día siguiente, quizás más por curiosidad que por valentía, esperé a que sean las siete de la tarde y me dirigí hacia la galería. El tiempo mejoró y parecía que pronto iba a escampar. Él estaba vendiendo, como de costumbre, pero me acerqué igualmente, sin miedo a interrumpir.
-Buenas tardes.
-Buenas tardes.- me dijo mientras entregaba un vuelto sin dirigirme la mirada y, como leyendo nuevamente mis pensamientos, continuó:
-Su pálpito es correcto. Ahora tendrá algo sobre lo cual escribir.
Ya no me sorprendí.
-Veo que usted conoce mucho sobre mí.
-Solamente lo necesario para cumplir mi propósito.
-Sin embargo, todavía no me dijo qué es lo que necesita.
-Necesito que escriba. Necesito que “me” escriba. Todo lo que haya creado, al final será suyo. Usted vino en busca de inspiración y se la daré.
-Acepto.
Tomó una carta que escondía en su bolsillo, detrás del clavel rojo, y me la colocó en el bolsillo frontal derecho de mi abrigo. Me dio una palmada en él, mientras me miraba fijamente.
-Usted sabrá qué hacer con esto que le doy. Las respuestas que necesita están allí. Luego de leerlo, quizás ya no reniegue de aquella partida.
-Mi conflicto no es con la partida, sino con la ausencia del regreso.
-Su conflicto es con la espera. Si su espera es paciente, siempre habrá regreso.
Me propuse sacar la carta para echarle una ojeada, pero él detuvo mi intento.
-No la lea aún, ni en mi presencia. Espere.
III
Llegué a mi departamento y me apresuré a leer aquella carta misteriosa. Más que carta, parecía ser el fragmento de un diario personal. Decía lo siguiente:
“Aún sigo esperándote. Sigo abriendo, feliz, mis ojos al madrugar, pensando en que será el día que ansío. Después de mi rutina matinal, lo último que acomodo antes de salir es el clavel que lleva tu perfume, el que le imprimiste con tu mirada. Después, al llegar a mi sitio habitual, recuerdo aquello que me regalaste al partir y que se volvió el motivo, la excusa para continuar enhiesto en esta pared que se resquebraja: la posibilidad de tu regreso.
Ya no tiene sentido para mí ir a recorrer el Parque 9 de Julio; ya me parece extraño y lejano aquél tiempo en el que la Casa Histórica contaba mis pasos. Éste es mi lugar, porque aquí es dónde voy a revivir tu sonrisa. Es éste el sitio exacto en donde cobró sentido mi espera; en donde me aturdo cada tarde con tu vacío; en donde te prometí en secreto que me encontrarías al volver.
Entonces, ¿para qué arriesgarme a ser yo el ausente? Aquí es donde tengo que permanecer: con mi bandeja lista para ofrecerte el sueño más dulce, aquél que no supe cómo entregarte cuando por fin te acercaste a mí. Pero sé que, por él, volverás”.
Llevaba, como fecha, un 7 de Agosto de…y creí comprenderlo todo.
IV
El sol me escrutaba desde lo alto con radiante ímpetu, mientras me dirigía al encuentro del misterioso vendedor de cubanitos.
Allí estaba: parado, incansable, como siempre. Cuando divisó mi semblante sereno, a la distancia, asentí con la cabeza en un gesto de connivencia, mientras me aproximaba.
Hablé.
-¿Hace mucho que espera?- Pregunté sonriendo.
-Nada más que unos 27 años, para ser exacto.- Dijo, mientras me devolvía el gesto.
-Al igual que yo. Pero imagino que esto usted ya lo sabe.
-Todos vivimos alternando entre una espera y otra. Algunas concluyen, otras son eternas. La suya concluirá pronto. Como le dije en un principio: el amor, si es verdadero, siempre regresa.
-¿Y si ella no vuelve?
-Ella no va a volver.
-Pero usted mismo, en su escrito, dice que está esperándola.
-Espero a quien traiga el amor que conocí aquella vez. Ella se lo llevó, pero él volverá.
-¿Y cuánto más piensa seguir con esta esperanza?
-Lo necesario. Mire: cuando uno conoce el amor, ya nunca más puede olvidarlo. En donde sea que él asome, uno sabrá identificarlo. Mutará una y otra vez, pero llegará. El error está en creer que una persona es el amor. Cuando el que yo conocí atraviese esta línea –trazó una línea paralela a su cuerpo con su dedo índice, en el suelo-, voy a abandonar este traje y le regalaré este clavel, que guardo sólo para la Mujer Amada. Allí concluye, una y otra vez, la espera.
-Esa espera puede ser eterna.- Objeté.
-No lo crea. Confío en que bien ha entendido que mi espera y la suya son homólogas.
-Ya lo ve. Si no, no estaríamos entablando esta conversación.
-Creo que mi tarea ha finalizado, entonces. Es hora de que usted haga lo suyo. Llévese este cubanito, quizás sea el último que haya preparado. Y no se olvide: la ausencia del que se va, es dolor cuando usted la dota del poder de dañarlo. De otra manera, no será nostalgia, sino simplemente memoria. Elija siempre de qué manera recordar.
Quise abrazarlo, pero se esfumó como un suspiro ante mis ojos. Mi reloj marcaba las siete. Era un 7 de Agosto, y yo escribí estas líneas esa misma noche.
La espera, como una y otra vez, estaba terminando.-




