domingo 30 de octubre de 2011

Relato.-


El vendedor de cubanitos


I


No recuerdo la fecha exacta, sólo sé que era invierno. Crudo y gélido, sobre todo aquella tarde. Aquella tarde en la que mi ánimo se mimetizaba a la perfección con el tiempo: nublado, con una llovizna de esquirlas heladas casi imperceptibles; gris, muy gris. Recuerdo haber leído algo sobre Proserpina, su llegada y el florecimiento de la primavera, a lo que sólo pude acotar:

- De nada sirve tu primavera cuando el invierno está aquí adentro, frío y sombrío.

Pensé y repensé mis ideas sobre la soledad y el amor, que parecían, en mí, fundirse en un sólo concepto.

Estas maquinaciones marcaban mi andar cansino, y luego de convencerme con mis propias elucubraciones y argumentos (cosa demasiado sencilla), me topé con él: smoking gris, moño negro, zapatos azabache lustrados impecablemente, y una bandeja en la que sólo quedaba un cubanito con dulce de leche. Estaba parado firme, inmóvil, contra un resquicio de pared entre Interludio y el negocio de video juegos Anita, en la galería La gran vía. Como si hubiese estado esperándome, se dirigió hacia mí, mientras pasaba, pero sin abandonar su puesto:

–No se culpe, usted también se ha ido alguna vez.

Quedé atónito, y luego de escudriñar a la gente que pasaba a mi alrededor, sin percatarse de lo ocurrido, me acerqué lentamente y confundido. Establecimos un breve diálogo:

-¿Perdón?

-Le decía que no se lamente por una partida. El amor, si es amor, siempre regresa.

-¿Y cómo sabe usted que yo venía pensando acerca de eso?

-Me lo dijo su rostro. ¿No ve acaso el mío?


Sonreía levemente.

-Pero yo no estoy sonriendo.

-Eso es porque yo no estoy lamentándome, simplemente acepto la espera.

-¿Y qué es lo que espera?

-Que usted acceda a hacerme una gauchada.

-No sé cómo podría, mi persona, ser de su ayuda…

-Venga mañana a las siete y lo entenderá. ¿Quiere el último cubanito? Se lo regalo.

Tomé el cubanito, todavía presa de la confusión, mientras él comenzaba a irse, silbando un tanguito. Llevaba un clavel rojo en la solapa del saco.


II


Al día siguiente, quizás más por curiosidad que por valentía, esperé a que sean las siete de la tarde y me dirigí hacia la galería. El tiempo mejoró y parecía que pronto iba a escampar. Él estaba vendiendo, como de costumbre, pero me acerqué igualmente, sin miedo a interrumpir.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes.- me dijo mientras entregaba un vuelto sin dirigirme la mirada y, como leyendo nuevamente mis pensamientos, continuó:

-Su pálpito es correcto. Ahora tendrá algo sobre lo cual escribir.

Ya no me sorprendí.

-Veo que usted conoce mucho sobre mí.

-Solamente lo necesario para cumplir mi propósito.

-Sin embargo, todavía no me dijo qué es lo que necesita.

-Necesito que escriba. Necesito que “me” escriba. Todo lo que haya creado, al final será suyo. Usted vino en busca de inspiración y se la daré.

-Acepto.

Tomó una carta que escondía en su bolsillo, detrás del clavel rojo, y me la colocó en el bolsillo frontal derecho de mi abrigo. Me dio una palmada en él, mientras me miraba fijamente.

-Usted sabrá qué hacer con esto que le doy. Las respuestas que necesita están allí. Luego de leerlo, quizás ya no reniegue de aquella partida.

-Mi conflicto no es con la partida, sino con la ausencia del regreso.

-Su conflicto es con la espera. Si su espera es paciente, siempre habrá regreso.

Me propuse sacar la carta para echarle una ojeada, pero él detuvo mi intento.

-No la lea aún, ni en mi presencia. Espere.


III


Llegué a mi departamento y me apresuré a leer aquella carta misteriosa. Más que carta, parecía ser el fragmento de un diario personal. Decía lo siguiente:

“Aún sigo esperándote. Sigo abriendo, feliz, mis ojos al madrugar, pensando en que será el día que ansío. Después de mi rutina matinal, lo último que acomodo antes de salir es el clavel que lleva tu perfume, el que le imprimiste con tu mirada. Después, al llegar a mi sitio habitual, recuerdo aquello que me regalaste al partir y que se volvió el motivo, la excusa para continuar enhiesto en esta pared que se resquebraja: la posibilidad de tu regreso.

Ya no tiene sentido para mí ir a recorrer el Parque 9 de Julio; ya me parece extraño y lejano aquél tiempo en el que la Casa Histórica contaba mis pasos. Éste es mi lugar, porque aquí es dónde voy a revivir tu sonrisa. Es éste el sitio exacto en donde cobró sentido mi espera; en donde me aturdo cada tarde con tu vacío; en donde te prometí en secreto que me encontrarías al volver.

Entonces, ¿para qué arriesgarme a ser yo el ausente? Aquí es donde tengo que permanecer: con mi bandeja lista para ofrecerte el sueño más dulce, aquél que no supe cómo entregarte cuando por fin te acercaste a mí. Pero sé que, por él, volverás”.

Llevaba, como fecha, un 7 de Agosto de…y creí comprenderlo todo.


IV


El sol me escrutaba desde lo alto con radiante ímpetu, mientras me dirigía al encuentro del misterioso vendedor de cubanitos.

Allí estaba: parado, incansable, como siempre. Cuando divisó mi semblante sereno, a la distancia, asentí con la cabeza en un gesto de connivencia, mientras me aproximaba.

Hablé.

-¿Hace mucho que espera?- Pregunté sonriendo.

-Nada más que unos 27 años, para ser exacto.- Dijo, mientras me devolvía el gesto.

-Al igual que yo. Pero imagino que esto usted ya lo sabe.

-Todos vivimos alternando entre una espera y otra. Algunas concluyen, otras son eternas. La suya concluirá pronto. Como le dije en un principio: el amor, si es verdadero, siempre regresa.

-¿Y si ella no vuelve?

-Ella no va a volver.

-Pero usted mismo, en su escrito, dice que está esperándola.

-Espero a quien traiga el amor que conocí aquella vez. Ella se lo llevó, pero él volverá.

-¿Y cuánto más piensa seguir con esta esperanza?

-Lo necesario. Mire: cuando uno conoce el amor, ya nunca más puede olvidarlo. En donde sea que él asome, uno sabrá identificarlo. Mutará una y otra vez, pero llegará. El error está en creer que una persona es el amor. Cuando el que yo conocí atraviese esta línea –trazó una línea paralela a su cuerpo con su dedo índice, en el suelo-, voy a abandonar este traje y le regalaré este clavel, que guardo sólo para la Mujer Amada. Allí concluye, una y otra vez, la espera.

-Esa espera puede ser eterna.- Objeté.

-No lo crea. Confío en que bien ha entendido que mi espera y la suya son homólogas.

-Ya lo ve. Si no, no estaríamos entablando esta conversación.

-Creo que mi tarea ha finalizado, entonces. Es hora de que usted haga lo suyo. Llévese este cubanito, quizás sea el último que haya preparado. Y no se olvide: la ausencia del que se va, es dolor cuando usted la dota del poder de dañarlo. De otra manera, no será nostalgia, sino simplemente memoria. Elija siempre de qué manera recordar.

Quise abrazarlo, pero se esfumó como un suspiro ante mis ojos. Mi reloj marcaba las siete. Era un 7 de Agosto, y yo escribí estas líneas esa misma noche.

La espera, como una y otra vez, estaba terminando.-


JoséGabriel®.-

miércoles 13 de julio de 2011

Relato.-




oblitare.-

Con mucho olvidar, uno no se asegura la superación de algún evento pasado. Incontables sucesos desafortunados y errores que creía tuyos han sido suprimidos con tenacidad absoluta de esta caja de recuerdos que se debate entre el sepia y el gris. Pero nunca te superé. Entonces entiendo que el olvido es esclavo de la memoria. Es la memoria quien decide qué nos hidrata y qué se incendia de a poco en la pira del nunca más, elevándose hacia el éter ceniciento de negaciones antiguas. Y así, toda imperante, ella elige que tu imagen siga ahí, áurea, y que todas las reminiscencias nocivas carezcan de vigencia. ¿Cómo olvidar, entonces? ¿Cómo olvidarte, si la memoria, obstinadamente, te exime? Estoy cansado de olvidar penurias. Quizás sería mejor recordarlas y culparte. Y señalarte. Y culparte y señalarte y decir "sí, ella ha sido"; y sentir que no necesito este ardor de nuevo y culparme; y señalarme y decir que este ardor es mi culpa y recordarme...y así es como siempre sos culpable de mi olvido, pero inocente en mi memoria. Porque tan fácil parece tu arte, que felizmente no soy idóneo para él. No puedo pretender el rigor de tu desdén. No puedo ser óptimo. Siendo imperfecto, en el único lugar en el que soy perfecto es en tu olvido: él borra mis errores (como mi olvido borra los tuyos); lava mis miserias (como mi olvido lava las tuyas) y redime mis derrotas (como mi olvido te redime). Pero es tan certero, tan preciso, tan perfecto...es un olvido tan perfecto, que me olvida a mí también. Y yo no puedo permitirme ese lujo....-


Gael Borjesi®



miércoles 16 de marzo de 2011

Relato.-


cantāre.-

Alguna vez dije que quería ser novela. También muchas veces he querido ser canción. Sin embargo últimamente he preferido el silencio. Y el silencio también tiene su musicalidad. No es que quiera evitar las dulces vibraciones que, por cierto, son imposibles de sortear. No, no es eso. Solamente traté de encontrar la melodía indicada, el tono justo que, en mi memoria, se encadene con esa serie perfecta de retratos que tienen tu nombre. Pero encontré el silencio. ¿Por qué? La respuesta está unas palabras antes: porque la música, la combinación precisa de todos mis sonidos, sos vos. He entendido que para tañer una serie de notas que acompañen tu mirada, debe ser tu mirada misma quien las pulse. Y yo no tengo el don. Ni tengo tu mirada, ni tus labios, ni tu voz...entonces no encuentro la manera de poder descubrir la música buscada. Pero, entre tanto desorden, encontré el silencio que, como dije, también tiene su musicalidad. Y así, abrazado a mi silencio, te miro. Con mi orquesta sorda, dejo que tu imagen produzca la canción. No puedo describirla aquí, no creo que pueda ser escrita en un devenir de redondas y corcheas, en un mejunje de blancas y fusas. No. Es una música intraural, que suena dentro de mí; que vibra dentro de mí; que calla dentro de mí. Es una música compuesta en clave de vos, con el pentagrama completamente vacío. No se puede escribir, pero sé que suena de la misma manera en que yo la escucho dentro de cada ser de este mundo. Sólo es cuestión de saber encontrar el silencio. Y a ella.-


Gael Borjesi®

martes 15 de marzo de 2011

Versículos.-


Marejada (sueño de inmersión).-


Ven, vamos al mar.


Sube a este barco sin timón

y déjate llevar.

Que el rizo divino del sol roce tu mejilla

y las ninfas envidiosas te vean nadar.


Ven, vamos al mar.


El aguasal alivianará tu pelo,

y déjalo flamear.

Que la Venus de tu piel ahogue mis ojos

y Poseidón te venga a reclamar.


Ven, vamos al mar.


Juega con tiburones y delfines

y déjate pasear.

Que la marea oscurecerá pronto

y Alfonsina nos espera para cenar.


Ven, vamos al mar.


La luna hará una estoa en pleamar

y déjate recostar,

que para cuando la vida se apague

tenemos un lecho hecho de inmensidad.


Ven, al mar.



Gael Borjesi®


El dibujo es autoría de Jorge Bader, a quien agradezco profundamente el haberse tomado el tiempo.-

sábado 20 de noviembre de 2010

Relato.-


Expetĕre.-

Extraje los lentes oscuros que había guardado en el bolsillo minutos antes y me los coloqué mientras, con paso suave, me dirigía hacia el primer taxi que aguardaba pasajeros. Envié un mensaje de texto, sonreí con la satisfacción del deber cumplido y me senté en el asiento trasero, deseando llegar a casa y recostarme un par de horas. Después de todo las merecía: no logré dormirme antes de las cinco y fui yo quien despertó al sol para que despuntara el día.

- Rivadavia y Córdoba por favor.

Él llevaba una barba blanca y tenía un aspecto difícil de describir. Asintió con la cabeza y me avistó de manera inquisitoria por el espejo retrovisor, mientras yo dejaba que la mirada se me fundiera con esa imagen borrosa e inquieta que presentaba la ventana del coche.

- ¿Arriba o vino a despedir a alguien?

Volví la cabeza hacia él y me miró nuevamente. Intenté divisar su perfil, pero sólo pude hablarle a esos brillantes ojos negros que cada tanto me descubrían desde el espejo. Sonreí leve y cómplicemente.

- No, no. Solamente vine a despedir a alguien.

Retomé mi posición y sabía que había vuelto a verme. Se acomodó un poco en el asiento y yo me incomodé.

- Lo supe.- dijo con el tono de voz de aquél que se regocija por haber acertado.

- ¿Sabe cómo? Porque se le nota en la cara.

Yo no había hecho ningún gesto adusto, salvo en el momento de tener que despedirte. Y ahora es que me daba cuenta de que tampoco habría podido disimular la alegría en mi rostro cada vez que eras en mí. Maldita naturaleza humana incontrolable. Inevitablemente, cuando hay una pulsión interna, el cuerpo lo exterioriza conspirando contra cualquier posible plan de impostura que uno intente llevar a cabo. Lo comprendí, como comprendí también que debería haber dejado que mi fisonomía delatora se exprese por sí sola, y no pronunciar esas palabras estúpidas que coartaron mi libertad de tenerte cerca, al menos escuchándote. Pero no. Tuve que dejarme llevar por mi espontaneidad, la que ahora juzgo como una de mis peores debilidades, pues me lleva a crear ilusiones donde sólo hay, paradójicamente, ilusiones. Y vos volabas. Y yo caía. Y recordé que en tu marcha nunca habías mirado hacia atrás y, mirando ahora hacia atrás, ahí detrás estaba yo como un espejismo, como una ilusión, como un engaño de los sentidos.Y vos te ibas. Y yo regresaba... Siempre por el mismo camino pero en dirección opuesta, en ciento ochenta grados, sin ningún vértice que nos sirva de intersección...
Sarmiento y Balcarce y con seguridad ya habrías leído mis manos y procedido a olvidarlas, porque a mis pensamientos se los llevó el cielo y en él quedaron. Se volvieron eternamente etéreos, eternamente efímeros y sutiles, "de la misma materia de la que están hechas los sueños".
Pero, ¿sabés qué? Todavía te prestaría esas palabras: se verían tan bien en tus labios...

- ¿Cuánto le debo maestro?

- Tengo que cobrarte el mínimo, son cincuenta pesos.

Me miró por el retrovisor, y sonrió. Yo sonreí mientras le alcanzaba el billete, dudando si había pensado todo eso en voz alta.

- Que tenga un buen día.

Y caminé, pensando si las nubes alguna vez te devolverían, con gesto adusto como el de quien tiene que despedirse...

Gael Borjesi®





miércoles 29 de septiembre de 2010

Relato.-


Vacīvus.-

Quise sentarme y escribir, que las palabras lleven mis ideas a donde yo nunca puedo encontrarlas si no es garabateando un cristal en blanco. Quise, pero no pude. No pude, no por impericia (o quizás sí y realmente no era yo quién escribió algunos relatos previos) ni por descuido; no por terquedad, tampoco por orgullo; ni siquiera por creatividad agotada y mucho menos por falta de tinta en la punta de mis dedos. Simplemente no pude por vacío. No por el vacío que siempre dejé entrever, enredado entre personajes que nunca se toman de la mano; no, no ese vacío fútil y literario. Tampoco el vacío de saber que hay unos ojos que disparan en otras direcciones pero siempre aciertan en mi sien.
Estoy hablando del vacío, ¿entendés? Ese cráter escarlata, ígneo, que dejó la ausencia en este pecho maltratado, ahogado en mieles rancias. Es el vacío de la ausencia del que ya no está pero no por haberse ido - o, en este caso, no llegar nunca-, sino la ausencia del que no está por haberlo borrado casi por completo, forzadamente, de ciertos pensamientos optimistas. ¿Quién dijo que la esperanza es lo último que se pierde? O la esperanza no está al final de mi lista o estoy escarbando, ya, en mis cimientos.
Mejor dicho, he llegado al final. Es el final de esta canción que nunca tuvo melodía y que termina, como siempre, con un solo a capella desentonado y agrio, gutural y desgarrador, como si un arenal atravesara la garganta del intérprete que, para mi disgusto, soy yo mismo.
Siento que ésta es la razón por la que no podía sortear la primera línea. ¿Qué iba a escribir si no tenía esa inspiración áurea? Simplemente no me animaba a escribir porque tenía miedo de que ella no esté en mis escritos. Y por el miedo a no tenerla siquiera en mis escritos, no me di cuenta de que no estaba (y nunca estuvo) en mi vida. Yo escribía en el aire mientras en la tierra ya no había nadie.
Creo haber sentido suelo firme al menos en unos pasos, y quisiera poder decir que he salido de esta oscilación semi-perpetua. Pero siempre creo y nunca son aseveraciones concretas. Por ejemplo, en este mismo instante, creí haber estado escribiendo sin su presencia en mis escritos.
Iluso.
Ahí está ella. Me mira, inmóvil como siempre, desde aquél lado de la existencia. Una existencia a la que pertenezco cuando escribo; cuando me agobia la soledad de mi propia compañía; cuando te beso con mis ojos.
No sé escribir de otra manera; no sé cómo escapar de mí mismo; no encuentro otra forma de llegar a tus labios.
Vacío.-





GaelBorjesi®

La foto pertenece a Edgar Xolot. Gracias, como siempre, a Miryam Jusid por acercármela.-

domingo 8 de agosto de 2010

Relato.-


Occultus.-

Es extraño cómo a veces las cosas más inocentes guardan verdades tan evidentes que uno las pasa por alto. Yo lo he confirmado mediante el sencillo juego de la escondida, donde no recuerdo haber podido ganar nunca, y menos a Soledad. Ella tenía cierto don, o tal vez un escondite demasiado efectivo; el caso es que era la única persona que lograba que yo, rayando la victoria, me resignara ante su poderío liberador para todos sus compañeros.
Cierto día, en la plazoleta del Ángel Gris donde solíamos juntarnos por la siesta (yo en ese entonces vivía a media cuadra de allí), estaba meciéndome en un columpio, dejándome llevar, feliz por la brisa que golpeaba mi rostro en el ir y venir; cerraba los ojos e imaginaba estar dando un paseo sideral cargado de universo, cuando alguien detuvo bruscamente mi viaje e hizo que me aplastara nuevamente la realidad:

- Mirá, mirá, traje a alguien para que juegue con nosotros.- dijo Sole con voz exaltada, pues solíamos arreglar ingeniosamente la falta de otros participantes, no había muchos chicos de aproximada edad a la nuestra en las manzanas aledañas. Levanté la mirada luego de sacudirme y, antes de demostrarle a Sole mi enojo por haber echado a tierra mi momento de extra-realidad, antes de poder siquiera emitir un sonido, la vi. La vi y todo ese universo que había creado para mí mientras volaba allá lejos, en el vacío, en donde me sentía tan libre y en regocijo, empezó a carecer de sentido. Tenía los ojos de color marrón, como los míos, o quizás yo los vi así porque empecé a creer que aquélla era mi propia mirada; su pelo era castaño y levemente rizado, y tenía un flequillo que se acomodaba constantemente hacia su derecha.

- Ella es mi amiga Vale, él es Gael.-

Así nos presentó Sole, ella sonrió, y unos huequitos adorables se figuraron en sus mejillas mientras yo, perplejo, me limitaba a intentar acomodar el desastre que había producido aquél aterrizaje forzoso.

- ¿Jugamos a la escondida?- preguntó Sole.

Claro, ella siempre ganaba. Yo, consuetudinario perdedor, sentía que era la oportunidad perfecta para vencerla ya que me invadió un sentimiento de confianza impulsado por el deseo de impresionar a esa áurea figura que tan raramente hacía desconocerme por completo. Acepté. Vale también asintió. Sole quiso echar a suerte quién sería el buscador pero yo, quizás por caballerosidad, me ofrecí valientemente. Fui hasta el árbol más cercano, me tapé la cara con las manos, las cuales posé sobre el tronco y, estoicamente, grité:

- ¡Uno!.-

Luego comencé a llevar el conteo mentalmente, mientras agudizaba el oído para sentir los pasos y las direcciones que tomaban. No podía fallar. No debía fallar. Aquél corretear que escuchaba, tenue, debía ser sin duda el escape de Vale, pues Sole era sigilosa, ya había jugado con ella antes y nunca había podido descifrar sus pasos. Por algo siempre caía sobre mí con su contundente victoria.
Los pasos cesaron y, si la orientación no me fallaba, debían haber dejado su última huella en la zona de los ligustrines contiguos al caminito que lleva hacia el tobogán. Yo solía ocultarme allí, pues los ligustrines siempre proporcionan recovecos propicios para refugio del prófugo de la escondida. No podía fallar.

- ¡Cien y el que no se escondió se embromó! dije.

Por un momento hasta olvidé que éramos tres los participantes. Enceguecido, partí hacia los ligustrines con ansias de encontrarla cuanto antes; ella seguramente estaría ahí y ya imaginaba la carrera hacia la piedra: estaba decidido a dejarla ganar. Iba a aducir un tropiezo o mi inoperancia atlética. No quería verla sufrir con la derrota, sólo pensaba en hacerla sonreír.
Con paso lento tomé la vía de acceso más lejana y, sin que me viese, la descubrí, asaltando su guarida a sus espaldas. Me acercaba cuidadosamente para que no supiera de mi presencia y Ella, inocente, cada tanto asomaba por el lado contrario a vigilar mi búsqueda. Cuando estuve cerca me detuve y me hice el regalo de contemplarla unos segundos, imaginando demasiado, insertándola en mi paseo sideral cargado de universo. Cuántas ganas de viajar a dúo, de aterrizar forzadamente en la realidad y limpiarla del polvo de la caída. Qué tan borroso me parecía todo lo que nos rodeaba en ese momento. Quise cerrar los ojos y, como dije antes, que los suyos sean los míos. Yo la había descubierto. Ella jugaba conmigo y yo la había descubierto, nadie podía quitarme ese privilegio. Desde ese momento la sentí mía, como quien encuentra un tesoro escondido en una isla remota. Me acerqué más aún, estiré mi mano derecha hacia su hombro para informarla de mi presencia y, antes de lograrlo, una voz destruyó mi burbuja de sueños.

- ¡Piedra libre por mí y por todos mis compañeros! pregonó Sole.

Yo, asombrado, miré hacia el árbol que había sido mi confidente y allí estaba la eterna vencedora, con su mano izquierda pulsando el aliento que hacía unos minutos había dejado yo allí, asfixiándolo de tal modo que me petrifiqué. Miré hacia donde estaba Vale y ella volteó, me miró (extrañamente sin la sorpresa que yo esperaba), sonrió y salió corriendo al encuentro de su amiga con la que se vanagloriaba por el desenlace victorioso. Yo bajé la mirada y vi mi mano extendida, intentando tocar algo que ya no estaba allí, como si no quisiese rendirme ante la obviedad de aquél fracaso: la había encontrado, pero alguien la había hecho inmune a mis dominios.
Ella jugó conmigo. Yo volvía a perder. Soledad volvía a ganarme. Y yo, desde esa vez y para siempre, no quise jugar más a la escondida.-


Gael Borjesi®