lunes 15 de febrero de 2010

Historia.-



Pluvĭa.-

Él solía recordar aquellas noches en donde disfrutaba del sonido de la lluvia galopando en el bordecito de la ventana, mientras su oído izquierdo huía de la música del sur para volverse cómplice de aquellos juguetones chasquidos que a veces hasta lo salpicaban. Él disfrutaba, como cuando era niño; como cuando pedía un barquito de papel de diario para posarlo sobre el agua que corría contra el cordón y perseguirlo hasta que desaparecía en algún tifón causado por un automóvil. Sí, el disfrutaba de la lluvia, tenía su encanto. Ahora la lluvia lo desanimaba. ¿Por qué? Por que sentía que podía unificarse con ella en el llanto. Ella también lloraba, él también llovía. Llovía por dentro constantemente y llovía por fuera, cuando de madrugada escuchaba ese sonido en el bordecito de la ventana y seguía atado a miles de palabras infértiles que pujaban por salir desde esa tormenta interior, desde lo nublado de su alma. Desde su alma pluvial.-




JoséGabriel®

viernes 8 de enero de 2010

Historia.-


Somnus.-

Él se despertó sobresaltado, había soñado con ella. Entre arcoiris y nubes de colores volaban formando una sola imagen, más alegres que nunca. Al fin eran uno. Ella lo miraba y sonreía mientras él sólo la contemplaba inocentemente. Ella hablaba pero él nunca pudo descifrar sus palabras, tan sólo ver esa áurea figura en su diestra lo tranquilizaba. Descendieron, y en el paraje más verde del Jardín ella quiso besarlo. Él, atónito, sintió un ardor helado por dentro. Pero algo raro sucedía: mientras más se acercaba, más difusa era la imagen. Malditos pixeles saboteadores de congoja, dándose a la fuga como viles traidores...Y él despertó. Se incorporó hasta quedar sentado, sin poder ver demasiado entre las mantas de la noche, sonriendo tan inocentemente que, al darse cuenta de la ilusión de la que había sido víctima, suspiró y dejó fluir un leve gesto irónico en su rostro. Echó su cabeza entre las piernas y los brazos en los costados como rendido, ya nada podía hacer; ya nada podría devolver ese momento, algo había esfumado su estado somnífero como con un chasquido de dedos. Sentándose sobre el borde de la cama, con intención de levantarse, se dijo a sí mismo encogiendo los hombros: "vaya novedad, si siempre ha sido un sueño...". Hizo una pausa como descreyendo su lucidez, y una vez descubierta la normalidad partió hacia su escritorio. Encendió la lámpara que libraba una luz tenue, ayunó de obstáculos el sector y, sacando un cuaderno del segundo cajón derecho, lo ubicó con hábil pulso sobre el centro del pupitre. Entristeció mientras releía algunos extractos de lo que allí estaba plasmado, tañendo con cuidado una a una las hojas. Con un poco de temor quizás, tomó su puñal y escribió:

"He soñado con Usted. ¿Hace falta que le diga más? Otra vez he sido víctima de mi propia torpeza. No tengo pericia supresora, según se ve. Ni aún creyendo que la había borrado he podido sacarla de ese misterioso mundo encriptado en vaya uno a saber qué código maligno. Le pido un favor: ¿podría hacerlo por sus propios medios? Ya no soporto más despertarme sabiendo que mis manos jamás acariciarán sus labios, ni aún en ese paisaje enigmático. No soporto tener que reprimir este deseo ferviente de tomar el teléfono y, más no sea, llamarla para escuchar su voz antes del sonido insoportable del adiós. Créame, ambos estaremos mejor si Usted desaparece. Ya el tiempo de asir esperanzas ha finalizado. Como he finalizado yo estas líneas, consciente de que mañana vendré nuevamente. Buenas noches."

Sin leerlo lo arrancó violentamente. Apretó fuerte entre sus manos ese pedazo de sí mismo, muchas veces, hasta arrugarlo por completo. Cegó la habitación y dirigiéndose hacia su lecho nuevamente, dejó caer la maraña empapelada en un cesto que reposaba cerca del marco de la puerta. Se recostó, intentando concentrarse en aquél momento previo a su despertar, esperando a que el letargo lo encarcelara. Se preguntó si soñar era tan malo, aún teniendo ese desenlace trágico. Concluyó en que soñar lo vale, si sigue habiendo arcoiris y nubes de colores. Vale.

El siguió soñando muchas veces después de aquella noche, despertándose con inanición de besos. Pero al menos sueña. Sueña profundamente....-




JoséGabriel®

martes 5 de enero de 2010

Relato.-


Ocŭlus.-

No importa a donde quiera que él vaya, esos ojos siempre estarán mirándolo. Esos ojos azules como el mar, penetrantes como una daga, lejanos de sus manos como la luna llena de Enero. No puede quitárselos de encima. Lo aplastan cada vez que se despierta, cada vez que suspira, cada vez que piensa. Y cuando piensa en ellos, quiere arrojarse y ahogarse en su marea; sentir el oxígeno desvanecerse en sus pulmones; abrir su boca y dejarse llevar a lo incógnito, nadando dentro de esa mirada sutil. Quiere perforar la profundidad y dilucidar qué hay detrás de ellos, sabiendo que, seguramente, no se encontrará él mismo allí. Y allá va otra vez, decidido a sumergirse furtivamente en el añil de sus pupilas, aunque el flujo ocular lo repela una y mil veces...y corre por la arena casi impalpable de su rostro, mientras atraviesa el gélido torrente ventoso de sus cabellos, y sonríe. Y una vez cerca se deja fusilar por la sal que despiden las olas. Y cae aplastado por una de ellas; y es feliz. Sin embargo, despierta una vez más tendido en la orilla, náufrago de miradas. Se levanta, mira hacia atrás y promete a la marejada su regreso. Su regreso a esos ojos azules como el mar, penetrantes como una daga, lejanos de sus manos como la luna llena de Enero...
Si tan sólo supiera cómo nadar en ellos, él aprendería. No sabe nadar, pero...rayos que aprendería.



JoséGabriel®

jueves 10 de diciembre de 2009

Historia.-


Una simple historia de….-

Joe era un muchacho común, tranquilo, una especie de niño encerrado en el cuerpo de un ya hombre de 25 años. Su simpatía delataba en él el aire cariñoso de la puna, y su corazón era un jardín vallisto, donde paseaban los que lo conocían, haciendo a éste más vivaz, sin dejar que se detenga el reloj de flores que por cada latido, dejaba emanar un delicado aroma a lapacho.
Él sentía algo por Violet, que ella no sabía. Un, como sus palabras lo repetían siempre, "no sé qué". Gráficamente él solía acercarnos con estas descripciones:
-"¿viste cuando te tirás de un lugar demasiado alto? ¿O cuando de chiquito te hacían el avioncito? ¿O cuando viajando agarrás esas subidas y bajadas? Bueno, ese mismo cosquilleo...”-.
Nunca supo explicarlo con claridad. Y nunca supo como explicárselo a Violet. Bah, en realidad él no quería explicárselo con claridad, sabía que intentar sortear El Impenetrable sería más un acto temerario que de valentía.
De todas maneras, Joe no podía disimular el sismo corporal que le producía la presencia de ESE SER. Era un viaje tan frenético como lunático, que llevaba a los amigos a preguntar:
-¿Te pasa algo Joe? ¡Despiértate! ¡Colgado!-.
Y por dentro era toda una revolución, una vorágine sensorial. Sublime contradicción einsteniana: mientras en el mundano día más rápido parecía pasar el tiempo, él experimentaba una dilatación temporal extrema, o hacía metódica fuerza para que eso suceda.
Eso era verla. Y ella no se enteró, o quizás no quería enterarse...
Un día (maldito día; de borrasca), Joe preparaba todo para ir con su hermano Ramsey al club, a ver los colores de su corazón en un definitorio juego contra el clásico rival. El clima parecía ser un presagio, como si Dios le dijera que desistiera. Fueron igual…
En las adyacencias se produjo una gresca fatal, y un rayo rompió la noche como un puñal destellante, mientras la lluvia se sentía en los hombros como una ráfaga vítrea... Joe se encontró de repente sin poder escapar, y viendo a su hermano tendido, llegó con fuerza de reserva sobre él, para protegerlo de la reyerta, de más golpiza, sin saber que él estaría peor...
Las sirenas grafiteaban la ciudad como garabatos pueriles, y encontraron a Joe sentado en V, sosteniendo la cabeza de su hermano en sus piernas, sin poder sostener la suya con la vista al frente, todo empapado en el fluido escarlata, que a esa altura no podía distinguir si era suya o de Ramsey...
Ya casi inconsciente y trémulo, logró vencer sus párpados de piedra, y, con la mirada astillada, divisar algunas siluetas acercándose apuradas, pero en cámara lenta. Creyó oír voces, pero en sus oídos solo resonaba la voz de su hermano gritando "Joe" en medio de la barbarie. Todo lo demás eran ruidos incognoscibles, que se mezclaban y formaban una maraña sonora insoportable.
Unas manos gélidas apartaban las suyas de alrededor del cuello de Ramsey, y ya sin poder oponerse, vio cómo lo posaban sobre la pálida cama y se lo llevaban; acostado, inmóvil; sintió ganas de levantarse y correr tras él, pero nada pudo hacer, más que levantar su brazo, y con su mano abierta y temblorosa, intentar asir algo inalcanzable (extraña paradoja de su vida)...
Su próximo destello de razón, lo encontró perdido, con un tubo entre sus fauces que le expandía el diafragma con su soplido, como si abriese la boca de frente a la Sudestada invernal y, tras él, un par de rostros desconocidos, que intentaban animarlo. Una sonrisa iluminó el semblante de tez oscura que se posaba a la izquierda de Joe, cuando éste viró levemente la mirada:
"-Estarás bien. Tranquilo, estamos trasladándote hacia el hospital más cercano.-"dijo.
Y antes de que pueda explicarle algunos síntomas, Joe replicó:
"-Doctor, voy a morir, ¿verdad?-".
Una alarma se encendió en esos ojos pardos, y contradiciendo su dictamen profesional, habló:
"-No, no. Tranquilo, estarás bien, te cuidaremos.-"
Sin demasiado hálito para expresarse, Joe balbuceó una última frase que consternó a sus acompañantes:
"-Dígame que voy a vivir para ver la sonrisa de Violet una sola vez más..."
Cerró los ojos. El transporte aceleró y marchó. Marchó con las agujas en su espalda, aplastándolo; y en medio de maniobras circenses llegó a destino…
Todos los hechos que sucedieron después, fueron dignos de un día bursátil. Llamadas de aquí hacia allá, corridas, idas, vueltas, voces esquivas y notificaciones por doquier.
Llegó su madre, con una tranquilidad sobresaltada que se podía ver en sus ojos. ¿Cómo es eso que los ojos son los reflejos del alma? Pues en este caso el ejemplo tenía una dosis de realidad asombrante. Su padre prefería el exilio de la habitación de Joe, y era quien manejaba con calma las informaciones a dar. El doctor, una vez calmados los ánimos, los invitó a charlar. Necesitaba imperiosamente contarles lo sucedido la noche anterior, en la ambulancia. Había quedado pasmado con las palabras de Joe. No podía dejar de pensar en eso. No había presenciado jamás una situación de tal superación existencial; de saberse moribundo, pero fortalecer sus raíces para aguantar un riego más. Un riego de esa sonrisa caudalosa que imaginó en el perfil de Violet, aunque aún no la conocía. Los padres, desbordados de estupor, y también sin saber quién era, quisieron conocer a la persona que, según creían, podía hacer mejorar a su hijo. "Si su último deseo fue verla, quizás su presencia lo lleve a estabilizarse", pensaban.
Hablaron con los amigos de Joe, buscaron en algunas agendas telefónicas y dieron con su paradero. Explicándole pocos detalles de lo sucedido, no tuvieron que implorar mucho para que asientiera la visita pues, aunque nunca lo conoció demasiado, sabía que ese muchacho al que nunca había prestado demasiada atención, el que se encontraba siempre detrás en su memoria, lo merecía.
Cuando Violet descendió en la puerta del hospital, estaba tan desconcertada que todo le parecía un desierto penumbroso, sintió ganas de dar media vuelta y no hacerlo, pero algo la llevó a entrar, como si unas fantasmales extremidades la cobijaban al mismo tiempo que la adentraban hacia el hall central. Allí se encontró con los padres de Joe. Tan sólo les bastó verla entrar, para saber que era ella. Experimentaron algo así como un ahogo, una sofocación, un estrangulamiento; y supieron en ese exacto momento el porqué de las palabras de su hijo. Porqué el deseo ferviente de querer su presencia. Ella tenía algo. Algo etéreo. Algo imperceptible epidérmicamente. Quizás el mismísimo Joe intentaba comunicarse con ella a través de sus progenitores. Se saludaron con un abrazo casi paternal, como si hubiesen pasado hojas y hojas de calendario con ella. Disuelto el trébol, el padre acotó: "Gracias por estar aquí.". Ella sonrió. Opacó el ocaso. Empalideció la luna, y fueron hacia la cafetería…
No hubo preámbulos, no había tiempo para preámbulos.
El padre de Joe sentó fijamente sus negros soles sobre Violet y empezó a relatarle detalle tras detalle todo cuanto sabía sobre lo sucedido, mientras su esposa no lograba retener firmemente el pocillo de té debido a la electrocución nerviosa que poseían sus manos. Violet no llegaba a percibir qué rol le tocaba a ella en la historia, esa SIMPLE HISTORIA...
Vislumbró mínimamente su aparición en el relato cuando leyó en los labios del padre de Joe:
"-...Él le pidió un último deseo...-".
Sus ojos abandonaron la intriga y abrieron la brecha por la cual un cauce lacrimoso empezó a emerger y luego se desbordó, formando una gota cristalina que, deslizándose lentamente por las pestañas, finalmente cayó, viajó inmaculando el aire y detonó en sus piernas.
Madre y padre se miraron, se tomaron las manos tan firmemente como si algo los asustara, y después de un suspiro interminable, el hombre lanzó las palabras que penetraron el aura de la joven, hasta acariciar la sonrojada mejilla de su alma:
"-Le pidió vivir, para verte una sola vez más, es por eso que te llamamos...-".
Hubo un silencio sepulcral, la gente en el bar pareció enmudecer en una complicidad involuntaria, y así estuvieron los tres unos minutos, sólo contemplándose entre sí, viendo cómo el llanto salía corriendo con los verbos bajo su manto.
Violet venció el sosiego. Se levantó, giró alrededor de la pequeña mesa, se arrodilló, y por fin dijo:
-"Quiero verlo"-.
Aquellas palabras entibiaron algunos resquicios pálidos que acumulaban los corazones paternos de Joe. La llevaron hacia la habitación.
Apenas iniciaron el camino, se encontraron con el Doctor que se animó al verla, los presentaron y no tuvo más que hacer que permitir la visita fuera de horario. Era tarde a la noche. Algunos familiares formaban un crucigrama humano en los incómodos asientos de la sala de espera. Atravesaron el pasillo bajo los crujientes sonidos de algunas luces intermitentes y mientras el tridente se enfrentaba a la funesta puerta, los parlantes susurraban a Violet una canción que le resultó conocida:
"...Y NO PUDE EVITAR QUERER ENTREGARTE LA LUNA
TE COMENCÉ A AMAR, A QUERERTE COMO A NINGUNA
DE REPENTE APARECÍAS EN MI MENTE, DIFERENTE...
ERAS SOLO MÍA."-.
Se montó en sus recuerdos, y una vez finalizado el viaje raccóntico se encontró sentada en un fogón mientras Joe y su guitarra cantaban esas palabras. Ella no prestaba atención, pero él cantaba para ella, materializando una línea que leyó en aquel libro polvoriento, de lomo agrietado: "mi voz buscaba el viento para tocar su oído". Ahora se daba cuenta que nunca había abierto las persianas a aquella brisa poética. Se le erizó la piel, y se aprestó a abrir. Por su cabeza pasaban otras imágenes de Joe vivaz y riéndose descabelladamente mientras se volteaba para buscarla entre la multitud y contemplarla. Por alguna razón ella lo recordaba alegre en ese momento aciago. Viró la mirada, se fortaleció viendo a los padres de Joe abrazándose emocionados, asintió con un breve movimiento vertical de su cabeza, y giró la manija circular que la llevaría a él...
Una tenue luz marrón iba de a poco conquistándole el rostro, hasta iluminarla por completo, y por fin lo vio, vestido de algodón, horizontal. Era un granadero celestial, vacío de gesto, con el semblante adusto.
Violet controlaba tercamente cada paso que daba al acercarse, repitiendo delicadamente en su cabeza la canción que escuchó segundos antes, con un temor insólito de no exceder el volumen para no “molestar” a Joe.
Tras franquear la proa de la cama, asaltó la diestra de Joe, se inclinó levemente sobre él, y lo contempló. Tales eran las ganas de ver algún movimiento, alguna señal, que recorrió desde su sien hasta el horizonte que se perdía en los pies, suave y lentamente, deseando producir quizás, una telekinesis revitalizadora. Nada pasó. El único dato que le daba la certeza de que Joe aún la acompañaba desde el letargo, era el alternado rebote que daba esa lucecita de esmeralda. Se acostaba, y volvía a elevarse, mientras emitía un sonido desesperante:
“- bip… bip… bip -“.
Violet volvió la mirada hacia él, y se dio cuenta que ese retrato distaba mucho de la última imagen que ella trazó en su memoria. Aquel niño-hombre de kilómetros de risa, con sus bolillones de miel, era ahora un anciano níveo, con un pulpo de tubos a su alrededor. Suspiró, y elucubró unas pequeñas palabras como en secreto:
“- Si me escuchás, aquí estoy. Te vas a poner bien, ¿verdad? -“.
Él la reconoció. Por sus venas sintió cabalgar un alud de lava, se incendió su pecho, y quiso estallar transformándose en un cuerpo ígneo. Con una sinestesia desesperada, pudo ver a Violet mediante su aroma, y cada centímetro cúbico de ese olor a jacarandá que acariciaba el olfato de Joe, endulzaba su paladar, dibujándola con fino trazo hasta culminar en una obra majestuosa. A la vez, oía la temperatura cálida que viboreaba en su cuerpo, transportándolo a un baño termal imaginario que lo dejaba límpido.
Gritó con todas sus fuerzas la alegría que sentía al verla, que se disculpaba por no poder levantarse a abrazarla y rociar mimos en su piel. Animado quiso contarle todo lo que había pensado en ella mientras dormía. Pero algo llamó su atención y le pareció extraño. Ella estaba inmutable y solamente lo observaba taciturna.
Allende su ilusión, entendió que todo era fruto de su imaginación, impulsada por percibir ESE SER a su lado.
Lo que ella veía seguía siendo ese cuerpo estéril, rendido a una profunda puñalada somnífera.
Entonces detuvo su frenesí y se dedicó a observarla.
Seguía tan hermosa como siempre. Vio pasar delante de sí, en unos segundos, una película en la que rememoraba los momentos que ella le inspiraba.
Así, volvió a sentir en el estómago lo que las subidas y bajadas en los viajes; se vio posando los ojos fijos en ella cuando no se daba cuenta, y una vez descubierto, cambiar la mirada tímidamente; repitió las canciones escritas, cantadas en secreto para ella; divisó nuevamente el cielo estrellado en donde se zambullía para encontrarla; y nostálgico, se emocionó con el último cuadro, donde se distinguía una foto juntos de alguna reunión con amigos.
Así pasaron los últimos minutos.
Ella se incorporó totalmente, y en el único contacto cuerpo a cuerpo con Joe, posó su mano sobre los fríos dedos de éste, en síntoma de despedida. Eso fue aquella comunión táctil.
Pronunció brevemente:
“- Nos vemos pronto, ¿Dale?-“.
Y SONRIÓ. Dio media vuelta y empezó a alejarse de Joe hacia la salida.
En ese mismo instante, a Joe se le dibujó una gran sonrisa, como si dos manos le alargaran la comisura.
Ella cerró la puerta.
Una línea y un sonido constante, los separaron para siempre…







-Dedicado a todos/as aquellos/as “Joe’s”, que actúan mediante el sentir, sin necesidad de que esos sentimientos se transformen en palabras.
Pero por sobre todo, dedicado a todas/os aquellas/os “Violets”, por inducir nuestro corazón, intelecto y alma, primordialmente de manera involuntaria.-

JoséGabriel®

“Yo no sé, desde luego, qué es el arte. Sospecho, sí, que debe ser algo fatal.
Y como ya les dije alguna vez, me parece que algo tiene que ver con el llanto.” (Alejandro Dolina – “Cómo reconocer a un artista” – Crónicas del Ángel Gris).

domingo 6 de diciembre de 2009

Sentencia.-


Pensamiento.-

Extrañar también es un abrazo silencioso, de ausencia... Un abrazo atemporal, instantáneo, mágico. Es abrazar lo que no está con tantas ganas, que semeja realidad.-



JoséGabriel®

martes 24 de noviembre de 2009

Historia.-


Aequanimĭtas.-

No existe tal justicia para él. La ecuanimidad es un constante y revoltoso desengaño en sus pupilas ahogadas de sal. Ni siquiera puede guiarlas, no puede ser autosuficiente ni siquiera en ese mínimo suceso, todo es obra del capricho de las manos de esa áurea figura. Donde ella las empuja, hacía ahí se dirigen y ven lo que se les muestra, no lo que perciben. ¿Eso es justicia? No existe tal justicia para él. No puede decirse que haya imparcialidad en una boca que no emite otro sonido que el impuesto por el corazón. No señor. ¿De qué sirven unas piernas que caminan perdidas tras los rastros de una huella que nunca se asentó? Y sin embargo él mira, habla, camina. Pero siempre se pierde. Se pierde entre lagunas saladas, entre sonidos involuntarios y caminos inexistentes. Se ensordece a los miles de gritos de advertencia y persigue el rastro de su propio mapa suicida. No conoce el sabor del algodón, que sólo le sabe a azúcar. No hay justicia para él, señor. Él pretende hacer justicia por mano propia, y se conforma con eso, como si pudiera...como si sus manos no fuesen también impulsadas por esa áurea figura a escribir lo que ella le dicta. Como si escribir fuese una consecuencia de la libertad, la llave de todas sus ataduras.
¿Puede eso llamarse justicia? No, no existe tal justicia para él, pero al menos sus manos lo hacen sentir inocente cuando apuñala una hoja en blanco con su trazo y la hemorragia es incesante.
Al menos éso.
Ese crimen, para él, es justicia.-




JoséGabriel®

miércoles 18 de noviembre de 2009

Historia.-


Regressus.-

Él se fue, o por lo menos quiso irse. Tal vez está yéndose, pero siempre vuelve. Vuelve a ningún destino, pasea por calles incógnitas, se abraza con quienes desconoce, compra lo que no sabe y vuelve otra vez a irse a donde nunca estuvo. Piensa que con sólo pensarlo es suficiente sin saber que lo que piensa está muy alejado de lo pensado. Y vuelve. Otra vez vuelve contra esas ganas terribles de no volver jamás. Pero vuelve. En realidad es atraído. Es atraído por ese diabólico polo opuesto del que nunca pudo escapar ni aún huyendo. A decir verdad, él se deja atraer; se deja atraer para escapar una vez más. Y otra vez. Y siempre estará huyendo sin poder escaparse, porque él muy bien sabe que no quiere irse. No quiere el destierro. Él quiere quedarse, aunque no sepa dónde. Quiere vivir, aunque no sepa cómo. Aunque no conozca otra manera de vivir que no sea llevando el fragor constante de una grieta abriéndose en el pecho y dejando discurrir un torrente de nada.
Yo fui testigo. Él me dijo que se iba para no regresar, mientras acomodaba unas hojas manchadas que asomaban por delante de su brazo apretado contra su costado.
Él se fue para no regresar. Pero volvió. Y aquí estoy yo oyéndolo otra vez, tal vez desoyendo lo que me dictaba su ausencia.-



JoséGabriel®