
Silentĭum.-
Hay algo que siempre he callado. Hay algo nuestro que siempre he mantenido oculto y de lo que nadie ha tenido noticia a través de mí. Nadie ha escuchado mi mano, nadie ha leído mi voz. Y pensar que lo he dicho de tantas diferentes maneras que de a poco se me olvida cómo era primigeniamente. Sólo tengo un recuerdo vago. Algo gris. Algo húmedo todavía por aquéllas gotas de sal que se evaporan tan lento como vos te alejás de mí. Eran unas palabras tan frágiles, tan volátiles, que un mínimo descuido las haría imperceptibles, casi tan imperceptibles como el aleteo de un colibrí, como el silencio del mar, como el sabor de tus ojos... Y vos pudiste más que mi negación. Vos fuiste testigo de ellas, y fuiste testigo también de su carácter soluble. Paradójicamente vos eras el motivo de su homogeneidad o su desmoronamiento, y acá me ves hecho escombros. Escombros de unas palabras que tanto me habían costado hilvanar. Las destruiste, como siempre, con ese poder tan voraz que tenés y que detesto: la omisión. Una omisión, esta vez, voluntaria. Atroz. Y un escozor me invade cuando intento recomponer esas ruinas, o al menos edificar sobre ellas. Debe ser el miedo a, nuevamente, ser víctima de un trono huérfano de Princesa; una orfandad de la que soy preso desde que te he dejado leerme la voz.
Hasta hoy nadie había sido testigo de esas palabras que te he dicho. Nadie. Vagamente las recuerdo, como a tu sombra yéndose bajo el sol en un galope a dúo, como siempre, sin mí. Porque es tan pobre mi acervo, es tan pobre lo que podría haberte ofrecido, que elegiste seguramente bien. Es tan pobre tener sólo palabras, que te fuiste en busca de miradas claras. Es tan pobre ofrecer una vida de palabras, que yo también hubiese elegido otra cosa, pero al menos las habría escuchado. Y pensar que son tan sólo dos... .-
Gael Borjesi®
Música de luz esta semana:
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