Una simple historia de….-
Joe era un muchacho común, tranquilo, una especie de niño encerrado en el cuerpo de un ya hombre de 25 años. Su simpatía delataba en él el aire cariñoso de la puna, y su corazón era un jardín vallisto, donde paseaban los que lo conocían, haciendo a éste más vivaz, sin dejar que se detenga el reloj de flores que por cada latido, dejaba emanar un delicado aroma a lapacho.
Él sentía algo por Violet, que ella no sabía. Un, como sus palabras lo repetían siempre, "no sé qué". Gráficamente él solía acercarnos con estas descripciones:
-"¿viste cuando te tirás de un lugar demasiado alto? ¿O cuando de chiquito te hacían el avioncito? ¿O cuando viajando agarrás esas subidas y bajadas? Bueno, ese mismo cosquilleo...”-.
Nunca supo explicarlo con claridad. Y nunca supo como explicárselo a Violet. Bah, en realidad él no quería explicárselo con claridad, sabía que intentar sortear El Impenetrable sería más un acto temerario que de valentía.
De todas maneras, Joe no podía disimular el sismo corporal que le producía la presencia de ESE SER. Era un viaje tan frenético como lunático, que llevaba a los amigos a preguntar:
-¿Te pasa algo Joe? ¡Despiértate! ¡Colgado!-.
Y por dentro era toda una revolución, una vorágine sensorial. Sublime contradicción einsteniana: mientras en el mundano día más rápido parecía pasar el tiempo, él experimentaba una dilatación temporal extrema, o hacía metódica fuerza para que eso suceda.
Eso era verla. Y ella no se enteró, o quizás no quería enterarse...
Un día (maldito día; de borrasca), Joe preparaba todo para ir con su hermano Ramsey al club, a ver los colores de su corazón en un definitorio juego contra el clásico rival. El clima parecía ser un presagio, como si Dios le dijera que desistiera. Fueron igual…
En las adyacencias se produjo una gresca fatal, y un rayo rompió la noche como un puñal destellante, mientras la lluvia se sentía en los hombros como una ráfaga vítrea... Joe se encontró de repente sin poder escapar, y viendo a su hermano tendido, llegó con fuerza de reserva sobre él, para protegerlo de la reyerta, de más golpiza, sin saber que él estaría peor...
Las sirenas grafiteaban la ciudad como garabatos pueriles, y encontraron a Joe sentado en V, sosteniendo la cabeza de su hermano en sus piernas, sin poder sostener la suya con la vista al frente, todo empapado en el fluido escarlata, que a esa altura no podía distinguir si era suya o de Ramsey...
Ya casi inconsciente y trémulo, logró vencer sus párpados de piedra, y, con la mirada astillada, divisar algunas siluetas acercándose apuradas, pero en cámara lenta. Creyó oír voces, pero en sus oídos solo resonaba la voz de su hermano gritando "Joe" en medio de la barbarie. Todo lo demás eran ruidos incognoscibles, que se mezclaban y formaban una maraña sonora insoportable.
Unas manos gélidas apartaban las suyas de alrededor del cuello de Ramsey, y ya sin poder oponerse, vio cómo lo posaban sobre la pálida cama y se lo llevaban; acostado, inmóvil; sintió ganas de levantarse y correr tras él, pero nada pudo hacer, más que levantar su brazo, y con su mano abierta y temblorosa, intentar asir algo inalcanzable (extraña paradoja de su vida)...
Su próximo destello de razón, lo encontró perdido, con un tubo entre sus fauces que le expandía el diafragma con su soplido, como si abriese la boca de frente a la Sudestada invernal y, tras él, un par de rostros desconocidos, que intentaban animarlo. Una sonrisa iluminó el semblante de tez oscura que se posaba a la izquierda de Joe, cuando éste viró levemente la mirada:
"-Estarás bien. Tranquilo, estamos trasladándote hacia el hospital más cercano.-"dijo.
Y antes de que pueda explicarle algunos síntomas, Joe replicó:
"-Doctor, voy a morir, ¿verdad?-".
Una alarma se encendió en esos ojos pardos, y contradiciendo su dictamen profesional, habló:
"-No, no. Tranquilo, estarás bien, te cuidaremos.-"
Sin demasiado hálito para expresarse, Joe balbuceó una última frase que consternó a sus acompañantes:
"-Dígame que voy a vivir para ver la sonrisa de Violet una sola vez más..."
Cerró los ojos. El transporte aceleró y marchó. Marchó con las agujas en su espalda, aplastándolo; y en medio de maniobras circenses llegó a destino…
Todos los hechos que sucedieron después, fueron dignos de un día bursátil. Llamadas de aquí hacia allá, corridas, idas, vueltas, voces esquivas y notificaciones por doquier.
Llegó su madre, con una tranquilidad sobresaltada que se podía ver en sus ojos. ¿Cómo es eso que los ojos son los reflejos del alma? Pues en este caso el ejemplo tenía una dosis de realidad asombrante. Su padre prefería el exilio de la habitación de Joe, y era quien manejaba con calma las informaciones a dar. El doctor, una vez calmados los ánimos, los invitó a charlar. Necesitaba imperiosamente contarles lo sucedido la noche anterior, en la ambulancia. Había quedado pasmado con las palabras de Joe. No podía dejar de pensar en eso. No había presenciado jamás una situación de tal superación existencial; de saberse moribundo, pero fortalecer sus raíces para aguantar un riego más. Un riego de esa sonrisa caudalosa que imaginó en el perfil de Violet, aunque aún no la conocía. Los padres, desbordados de estupor, y también sin saber quién era, quisieron conocer a la persona que, según creían, podía hacer mejorar a su hijo. "Si su último deseo fue verla, quizás su presencia lo lleve a estabilizarse", pensaban.
Hablaron con los amigos de Joe, buscaron en algunas agendas telefónicas y dieron con su paradero. Explicándole pocos detalles de lo sucedido, no tuvieron que implorar mucho para que asientiera la visita pues, aunque nunca lo conoció demasiado, sabía que ese muchacho al que nunca había prestado demasiada atención, el que se encontraba siempre detrás en su memoria, lo merecía.
Cuando Violet descendió en la puerta del hospital, estaba tan desconcertada que todo le parecía un desierto penumbroso, sintió ganas de dar media vuelta y no hacerlo, pero algo la llevó a entrar, como si unas fantasmales extremidades la cobijaban al mismo tiempo que la adentraban hacia el hall central. Allí se encontró con los padres de Joe. Tan sólo les bastó verla entrar, para saber que era ella. Experimentaron algo así como un ahogo, una sofocación, un estrangulamiento; y supieron en ese exacto momento el porqué de las palabras de su hijo. Porqué el deseo ferviente de querer su presencia. Ella tenía algo. Algo etéreo. Algo imperceptible epidérmicamente. Quizás el mismísimo Joe intentaba comunicarse con ella a través de sus progenitores. Se saludaron con un abrazo casi paternal, como si hubiesen pasado hojas y hojas de calendario con ella. Disuelto el trébol, el padre acotó: "Gracias por estar aquí". Ella sonrió. Opacó el ocaso. Empalideció la luna, y fueron hacia la cafetería…
No hubo preámbulos, no había tiempo para preámbulos.
El padre de Joe sentó fijamente sus negros soles sobre Violet y empezó a relatarle detalle tras detalle todo cuanto sabía sobre lo sucedido, mientras su esposa no lograba retener firmemente el pocillo de té debido a la electrocución nerviosa que poseían sus manos. Violet no llegaba a percibir qué rol le tocaba a ella en la historia, esa SIMPLE HISTORIA...
Vislumbró mínimamente su aparición en el relato cuando leyó en los labios del padre de Joe:
"-...Él le pidió un último deseo...-".
Sus ojos abandonaron la intriga y abrieron la brecha por la cual un cauce lacrimoso empezó a emerger y luego se desbordó, formando una gota cristalina que, deslizándose lentamente por las pestañas, finalmente cayó, viajó inmaculando el aire y detonó en sus piernas.
Madre y padre se miraron, se tomaron las manos tan firmemente como si algo los asustara, y después de un suspiro interminable, el hombre lanzó las palabras que penetraron el aura de la joven, hasta acariciar la sonrojada mejilla de su alma:
"-Le pidió vivir, para verte una sola vez más, es por eso que te llamamos...-".
Hubo un silencio sepulcral, la gente en el bar pareció enmudecer en una complicidad involuntaria, y así estuvieron los tres unos minutos, sólo contemplándose entre sí, viendo cómo el llanto salía corriendo con los verbos bajo su manto.
Violet venció el sosiego. Se levantó, giró alrededor de la pequeña mesa, se arrodilló, y por fin dijo:
-"Quiero verlo"-.
Aquellas palabras entibiaron algunos resquicios pálidos que acumulaban los corazones paternos de Joe. La llevaron hacia la habitación.
Apenas iniciaron el camino, se encontraron con el Doctor que se animó al verla, los presentaron y no tuvo más que hacer que permitir la visita fuera de horario. Era tarde a la noche. Algunos familiares formaban un crucigrama humano en los incómodos asientos de la sala de espera. Atravesaron el pasillo bajo los crujientes sonidos de algunas luces intermitentes y mientras el tridente se enfrentaba a la funesta puerta, los parlantes susurraban a Violet una canción que le resultó conocida:
"...Y NO PUDE EVITAR QUERER ENTREGARTE LA LUNA
TE COMENCÉ A AMAR, A QUERERTE COMO A NINGUNA
DE REPENTE APARECÍAS EN MI MENTE, DIFERENTE...
ERAS SÓLO MÍA."-.
Se montó en sus recuerdos, y una vez finalizado el viaje raccóntico se encontró sentada en un fogón mientras Joe y su guitarra cantaban esas palabras. Ella no prestaba atención, pero él cantaba para ella, materializando una línea que leyó en aquel libro polvoriento, de lomo agrietado: "mi voz buscaba el viento para tocar su oído". Ahora se daba cuenta que nunca había abierto las persianas a aquella brisa poética. Se le erizó la piel, y se aprestó a abrir. Por su cabeza pasaban otras imágenes de Joe vivaz y riéndose descabelladamente mientras se volteaba para buscarla entre la multitud y contemplarla. Por alguna razón ella lo recordaba alegre en ese momento aciago. Viró la mirada, se fortaleció viendo a los padres de Joe abrazándose emocionados, asintió con un breve movimiento vertical de su cabeza, y giró la manija circular que la llevaría a él...
Una tenue luz marrón iba de a poco conquistándole el rostro, hasta iluminarla por completo, y por fin lo vio, vestido de algodón, horizontal. Era un granadero celestial, vacío de gesto, con el semblante adusto.
Violet controlaba tercamente cada paso que daba al acercarse, repitiendo delicadamente en su cabeza la canción que escuchó segundos antes, con un temor insólito de no exceder el volumen para no “molestar” a Joe.
Tras franquear la proa de la cama, asaltó la diestra de Joe, se inclinó levemente sobre él, y lo contempló. Tales eran las ganas de ver algún movimiento, alguna señal, que recorrió desde su sien hasta el horizonte que se perdía en los pies, suave y lentamente, deseando producir quizás, una telekinesis revitalizadora. Nada pasó. El único dato que le daba la certeza de que Joe aún la acompañaba desde el letargo, era el alternado rebote que daba esa lucecita de esmeralda. Se acostaba, y volvía a elevarse, mientras emitía un sonido desesperante:
“- bip… bip… bip -“.
Violet volvió la mirada hacia él, y se dio cuenta que ese retrato distaba mucho de la última imagen que ella trazó en su memoria. Aquel niño-hombre de kilómetros de risa, con sus bolillones de miel, era ahora un anciano níveo, con un pulpo de tubos a su alrededor. Suspiró, y elucubró unas pequeñas palabras como en secreto:
“- Si me escuchás, aquí estoy. Te vas a poner bien, ¿verdad? -“.
Él la reconoció. Por sus venas sintió cabalgar un alud de lava, se incendió su pecho, y quiso estallar transformándose en un cuerpo ígneo. Con una sinestesia desesperada, pudo ver a Violet mediante su aroma, y cada centímetro cúbico de ese olor a jacarandá que acariciaba el olfato de Joe, endulzaba su paladar, dibujándola con fino trazo hasta culminar en una obra majestuosa. A la vez, oía la temperatura cálida que viboreaba en su cuerpo, transportándolo a un baño termal imaginario que lo dejaba límpido.
Gritó con todas sus fuerzas la alegría que sentía al verla, que se disculpaba por no poder levantarse a abrazarla y rociar mimos en su piel. Animado quiso contarle todo lo que había pensado en ella mientras dormía. Pero algo llamó su atención y le pareció extraño. Ella estaba inmutable y solamente lo observaba taciturna.
Allende su ilusión, entendió que todo era fruto de su imaginación, impulsada por percibir ESE SER a su lado.
Lo que ella veía seguía siendo ese cuerpo estéril, rendido a una profunda puñalada somnífera.
Entonces detuvo su frenesí y se dedicó a observarla.
Seguía tan hermosa como siempre. Vio pasar delante de sí, en unos segundos, una película en la que rememoraba los momentos que ella le inspiraba.
Así, volvió a sentir en el estómago lo que las subidas y bajadas en los viajes; se vio posando los ojos fijos en ella cuando no se daba cuenta, y una vez descubierto, cambiar la mirada tímidamente; repitió las canciones escritas, cantadas en secreto para ella; divisó nuevamente el cielo estrellado en donde se zambullía para encontrarla; y nostálgico, se emocionó con el último cuadro, donde se distinguía una foto juntos de alguna reunión con amigos.
Así pasaron los últimos minutos.
Ella se incorporó totalmente, y en el único contacto cuerpo a cuerpo con Joe, posó su mano sobre los fríos dedos de éste, en síntoma de despedida. Eso fue aquella comunión táctil.
Pronunció brevemente:
“- Nos vemos pronto, ¿Dale?-“.
Y SONRIÓ. Dio media vuelta y empezó a alejarse de Joe hacia la salida.
En ese mismo instante, a Joe se le dibujó una gran sonrisa, como si dos manos le alargaran la comisura.
Ella cerró la puerta.
Una línea y un sonido constante, los separaron para siempre…
-Dedicado a todos/as aquellos/as “Joe’s”, que actúan mediante el sentir, sin necesidad de que esos sentimientos se transformen en palabras.
Pero por sobre todo, dedicado a todas/os aquellas/os “Violets”, por inducir nuestro corazón, intelecto y alma, primordialmente de manera involuntaria.-
GaelBorjesi®
“Yo no sé, desde luego, qué es el arte. Sospecho, sí, que debe ser algo fatal.
Y como ya les dije alguna vez, me parece que algo tiene que ver con el llanto.” (Alejandro Dolina – “Cómo reconocer a un artista” – Crónicas del Ángel Gris).